Esta serie tiene todos los elementos necesarios para ser realmente interesante: la conocida actriz Anna Paquin, buena estética, la seducción que provocan los vampiros y un punto de partida estrambótico pero prometedor. Desafortunadamente, el resultado no acaba de funcionar.
Basada en una colección de libros y traída a la pequeña pantalla de la mano del creador de “A dos metros bajo tierra”, “True Blood” nos sitúa en una realidad donde seres humanos y vampiros conviven juntos en la sociedad y viven puerta con puerta. Esto es posible gracias a que los vampiros ya se pueden alimentar íntegramente de un nuevo producto sintético japonés, equivalente a la sangre, sin necesidad de recurrir al cuello de nadie. A todo esto hay que añadir la protagonista, una joven de un pequeño pueblo de Estados Unidos, que es capaz de leer las mentes pero sólo de los seres vivos y que se siente atraída por un vampiro.
Una vez asimilado con más o menos dificultad este escenario, el espectador está preparado para dejarse llevar. Pero el presente vehículo que debería transportarle resulta ser bastante tedioso. “True Blood” no tiene las ideas claras y carece de un ritmo definido. Sí manifiesta que está dirigida a un público adulto, pero intenta ser divertida, dramática, con tensión e incluso trata de sobrecoger. Procura ser demasiadas cosas y no consigue un conjunto coherente que llegue a atrapar a ningún tipo de público. Y tampoco tiene muy claro cómo los episodios deberían estar estructurados y, especialmente, en que punto de la historia debería terminar uno y empezar el siguiente. Con unos valores de producción correctos pero carente de un estilo o estética definidos, esta serie que avanza a veces más a ritmo de culebrón que otra cosa, no ha sabido combinar sus múltiples elementos con armonía quedando en un producto al que se le va pierdendo el interés a medida que pasan los capítulos.
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