Con una apuesta de extrema artificialidad, el director Eugène Green presenta una película interesante, a momentos difícil y que consigue la no fácil tarea de hacer reflexionar al espectador. Lamentablemente no es una película que pueda atrapar a todo el mundo ni, a quien lo hace, que sea de la misma forma y con la misma intensidad.
Julie es una actriz francesa de madre portuguesa que llega a Lisboa por primera vez para completar el rodaje de una película sobre una monja portuguesa que mantiene un amor carnal en el siglo XVII. En sus paseos descubriendo la ciudad, Julie entra en contacto con diferentes personas y mantiene con ellos una conexión única y particular, entre los que destacan un niño huérfano y una monja.
Desde los primeros planos de los créditos iniciales, la película ya indica que es una carta de amor a la ciudad de Lisboa. Pero “A religiosa portugesa” es un filme que intenta ir mucho más allá. Combina poesía y un trato cargado de intelectualidad con una forma de narrar fuera de los cánones. Los actores mantienen intencionadamente sus diálogos de una forma rígida y forzada, todo es estático, mecánico y hay un evidente intento de no dejar que el filme tenga ningún ritmo narrativo. Es completamente artificial y una vez se consigue entrar en su lenguaje, funciona. Son especialmente interesantes los planos fijos de los actores mirando a cámara, que consiguen mantener un diálogo con el espectador con simplemente sus miradas. Pero la belleza de este filme reside en el grado de conexión e implicación emocional que consigue con quien está mirando la pantalla, y en ese nivel, el resultado es completamente variado. “A religiosa portugesa” no es una película que conseguirá transmitir toda su carga de una forma accesible, dado lo forzado de forma de narración y la dificultad que ello representa para entrar en su historia, pero tampoco lo intenta. En este aspecto, la película es intencionadamente exclusivista y demasiado interesada en su propio lenguaje más que en lo que tiene que decir. |