Esta comedia agridulce y que nunca busca la risa fácil consigue entretener sin hacer reír pero especialmente consigue mostrar en toda su dimensión la más que notable actuación de John Malkovich en el papel principal, quien logra componer su personaje de forma extraordinaria.
Troy es un joven que se da cuenta que no es feliz estudiando derecho, el cual era el sueño de su padre. Deja la universidad para iniciar una carrera como escritor y para pagarse las facturas, consigue un trabajo como ayudante de un mago poco conocido llamado Buck Howard. Este ilusionista de temperamento irascible y egocéntrico tuvo su momento de gloria años atrás, continua actuando continuamente en pequeñas ciudades de EE.UU y sigue luchando por tener un regreso al estrellato.
Esta película es extraña en cuanto a su confección y propósito. Siendo un filme ligero, nunca busca ser una comedia en el sentido clásico. Tampoco intenta, y con acierto, crear una falsa empatía o cercanía con el personaje principal. Simplemente narra con cierta amargura, realismo y en clave de comedia las excentricidades de una estrella que una vez fue conocida a través de los ojos de alguien que busca descubrir su pasión en la vida. Al final y obviando los típicos y repetitivos momentos de autodescubrimiento del joven Troy, esta película es otro ejemplo más del gran actor que es John Malkovich. Él es el centro y la verdadera razón para ver este filme. Consigue crear un personaje completo y sincero, con todo su histrionismo, arrogancia y falsedad necesarias y con un trasfondo que nunca muestra pero que se palpa. Y coherentemente, ni el director ni el actor hacen ningún gesto para el personaje de Buck Howard provoque empatía. El filme en sí está compuesto aceptablemente y con corrección, aunque no contiene nada destacable a excepción la actuación principal de John Malkovich, que por si sola vale la película. |