Una interminable consecución de efectos visuales recargados no consigue conferir un alma al nuevo proyecto de los hermanos Wachowski. Sin saber a qué público se dirige, la película no logra capturar la atención ni de adultos ni de pequeños.
Basada en una serie de animación japonesa, la historia discurre por terrenos muy convencionales. Una familia dedicada al mundo de las carreras y con el trauma de haber perdido al más mayor de los hermanos en una de ellas, luchará contra adversidades y villanos para que Speed Racer, el siguiente hermano en la línea sucesoria, logre demostrar todo su talento a los mandos de un bólido. A la vez, tienen que mantenerse unidos e íntegros dentro del mundo del motor que está controlado por intereses económicos.
Una historia no tiene que ser complicada para atraer a un adulto si se rueda con un ritmo adecuado. En este caso no es así, el pulso es desigual llegando a aburrir en varias partes. Para un público más infantil tampoco funciona. Es excesivamente larga, lenta en su primera parte, previsible y con elementos que no van a entender. Por ejemplo, como explicar que el malo es muy perverso ya que quiere amañar las carreras para que las cotizaciones en bolsa de los patrocinadores suban y puedan hacer opas a otras empresas con mejor cambio por acción.
Sin un guión sólido y definido, el gancho de esta adaptación es la saturación de imágenes digitales de todos los colores posibles al estilo manga. Eso tampoco funciona satisfactoriamente. El ritmo de la película no está bien escogido, con lo que la catarata de secuencias hechas por ordenador acaba siendo más un tedio que una atracción. El grupo de actores de primera línea queda además relegado a un segundo plano por los millones de efectos. Una película completamente digital ya no es un motivo de existencia en sí mismo, por mucho que la traigan los Wachowski. |