Con mejor planteamiento que desarrollo, Neil Burger dirige con buen pulso una cinta de entretenimiento la cual, a pesar de jugar con la idea de un gran coeficiente intelectual, debería haber sido más inteligente y haber contado con un guión mejor hilvanado. Bradley Cooper llena los dos lados del protagonista, el de perdedor y triunfador, con la misma facilidad que esboza una sonrisa y tanto Abbie Cornish como Robert De Niro parecen desaprovechados.
Eddie es un escritor sin inspiración, que vive básicamente gracias a la caridad de su novia y con pocas perspectivas de mejorar en su situación. En un encuentro fortuito con su excuñado, Eddie prueba una droga que le permite acceder a todo su cerebro, dándole no solo concentración, voluntad sino también una gran inteligencia.
Es un hecho científico que una persona normal únicamente utiliza como máximo el 10 o 15% de su cerebro, tal y como afirmó Albert Einstein. Esta premisa normalmente aceptada como cierta por mucha gente y utilizada como mantra por anuncios y películas, entre ellas “Sin límites”, contiene dos falsedades. Einstein nunca se pronunció en este sentido y un ser humano emplea el 100% de su cerebro. Lo que ocurre es que normalmente solo se activan de forma simultánea el 10% de las conexiones neuronales existentes en el cerebro en la ejecución de un proceso concreto pero toda la materia blanca y gris, como la llamaría Poirot, es empleada en el transcurso de un día.
“Sin límites” se parece bastante a esta frase inicial. En sí tiene atractivo, interés, posibilidades y además el punto de partida del filme posee cierto gancho. A medida que la película avanza, el desarrollo de esta idea que propicia el argumento muestra progresivamente signos de flaqueza y en el guión empiezan a aparecer líneas argumentales secundarias que intentan llenar y justificar el camino seguido. Lamentablemente, “Sin límites” no es tan inteligente como debería haber sido y una vez transcurrida la primera media hora, la película parece quedarse sin argumentos con los que convencer al espectador de la sagacidad de su historia.
El realizador Neil Burger dirige este filme con un ritmo más dinámico que en anteriores cintas y entregando algunas escenas de gran virtuosismo visual. El filme discurre con mayor fluidez de la esperable y logra que todos los subargumentos abiertos, como la investigación de asesinato, los vacios de consciencia o el abogado con agenda propia, queden olvidados cuando el filme los emplea y posteriormente no sabe cómo darles resolución. Éstos están especialmente presentes en el segundo tramo de la historia, poniendo de manifiesto la necesidad del guión de crear distracciones, ya que no tiene muy claro por dónde ir. Por un lado parece el filme que quiere dar a entender que el protagonista es el hermano de Christian Bale en “American Psycho”, por otro reafirmar la visión de sueño americano basado en dinero dada en “En busca de la felicidad”, no hay que olvidarse del amor que le dejó y de otra línea argumental con Robert DeNiro pareciéndose en exceso a Al Pacino en “El abogado del diablo” pero sin cuernos. Y tampoco hay que olvidarse de la mafia rusa. Entre todo el follón, nunca queda muy claro cuál es el camino que quiere seguir el protagonista, con lo que la solución es que se pierda en todos ellos y así llenar el filme. En todo caso, lo que también es cierto es que “Sin límites” siempre logra entretener con facilidad.
El protagonismo de esta película debería haber recaído en Shia LaBeouf, quien fue sustituido por Bradley Cooper tras sufrir un accidente y no poder participar en el filme. Cooper es una acertada elección ya que resulta uno de esos actores que por inmoral que sea su personaje, él sabe proyectar encanto y carisma. Abbie Cornish es el interés afectivo sin tener realmente gran peso y Robert De Niro es el gran nombre pero quien vuelve a hacer evidente una vez más que sus mejores papeles y roles ocurrieron más de una década atrás.
“Sin límites” se sustenta a buen nivel especialmente gracias a su actor central y también al buen pulso presente en la dirección, quien además logra darle buen aspecto a un filme que inicialmente tiene un gran atractivo pero que no sabe cómo desarrollar su planteamiento acorde con la misma inteligencia que tiene su protagonista. Al igual que su idea de base presente, “Sin límites” sólo emplea el 10% del potencial que tiene. |