El tándem formado por el director Ridley Scott y el actor Russell Crowe readapta con una historia más realista y un tono más duro la leyenda de Robin Hood con gran ambientación y vestuarios pero sin ninguna de la chispa ni del romanticismo característico en el mito. Contando además con grandes actores secundarios, el filme entrega acción pero falla al resultar una película técnicamente lograda pero plana, gris y que siempre tiene demasiado aspecto de precuela.
Robin Longstride es un arquero al servicio del rey Ricardo que, junto a un grupo de compañeros del ejército, únicamente quiere volver a Inglaterra tras diez años de guerra. Tras la muerte del rey emprenden el camino de vuelta, suplantando a un grupo de nobles que han caído en una emboscada enemiga. Cumpliendo con una promesa, Robin llega a Nottingham en donde Sir Walter le pide que siga suplantando a su hijo fallecido para que así su familia no pierda todas sus posesiones. De esta forma Robin no únicamente se verá mezclado con la nobleza, la política real sino también con un complot francés para invadir Inglaterra.
La figura de Robin Hood es uno de los mitos que sigue siendo recreado en el cine de forma periódica y que ha tenido múltiples rostros, desde el clásico Errol Flynt, pasando por Sean Connery, Kevin Costner, Patrick Bergin y más recientemente Jonas Armstrong en una serie de televisión. El australiano Russell Crowe (“Red de mentiras”, “Gladiator”) es el último en encarnar al forajido inglés en una nueva colaboración, la quinta hasta la fecha, con el director Ridley Scott (“Black Hawk Down”, “Alien”, “Blade Runner”). El director inglés, empleando un guión de Brian Helgeland (“Green Zone”, “Asalto al tren Pelham 1 2 3”) que ha sufrido reescrituras por múltiples manos, readapta la clásica historia del arquero de Nottingham de una forma realista, creando una narración y un estilo visual que reconstruye los acontecimientos y la Inglaterra de la época de una forma mucho más verosímil. Al hacerlo este Robin Hood pierde todo el romanticismo que su leyenda evoca, toda la simpatía que tenían la mayoría de las anteriores adaptaciones y prácticamente está desprovisto de sus señas de identidad, como por ejemplo aquí ya no roba a los ricos para dárselo a los pobres sino que es uno de los artífices de la carta magna inglesa que otorga igualdad a todos los ciudadanos. El filme siempre tiene un tono gris, contiene múltiples escenas de acción, carece de sentido del humor y se pierde en devaneos políticos. Nunca resulta espectacular, tampoco es realmente entretenido y siempre deja muy claro que es una precuela y que la historia verdaderamente interesante llegará en otra entrega, algo que le valdrá de entrenamiento para las dos precuelas de “Alien” que Ridley Scott ha anunciado que va a dirigir en breve. Lo que sí tiene este Robin Hood son nombres propios, los de un director que técnicamente es de los mejores y vuelve a demostrarlo, el de su actor fetiche Russell Crowe, quien se pelea durante toda la película con una pobre imitación de acento británico del norte, y los de una colección de actores secundarios de peso, como Cate Blanchett, Mark Strong, William Hurt o Max von Sydow.
Ridley Scott y Russell Crowe han hecho un cruce entre su “Gladiator” y “Braveheart”, creando una versión de Robin Hood mucho más realista pero sacrificando toda la leyenda en un película que aporta poco más que una notable producción y que, una vez vista, acaba siendo tan olvidable como la imitación al desembarco de Normandía de Steven Spielberg que Ridley Scott hace como secuencia final. |