En esta segunda entrega, John Woo se ve ya prácticamente liberado de las mínimas exigencias del exiguo argumento de la historia y puede desarrollar, con toda su energía, lo que mejor hace: escenas de acción elaboradas con una gran estética.
Con todas las piezas en su sitio, todo está preparado para la batalla final en el acantilado rojo. Mientras la alianza formada por los dos reinos intenta encontrar una fórmula para compensar su desventaja numérica, Cao Cao no acaba de confiarse a pesar de estar convencido de su victoria.
En esta parte final, los personajes todavía se ven más desdibujados y los actores se vuelven más piezas móviles del decorado que intérpretes. John Woo se olvida completamente de líneas argumentales e incluso cae en algunas situaciones carentes de mucho sentido. Pero el director entrega lo que prometió en la primera parte: una película de alto ritmo narrativo, dinámica y con secuencias de acción espectaculares. Y en eso John Woo es un especialista. Con su siempre conseguida estética característica y su gran sentido del ritmo, Woo enlaza secuencias aumentando progresivamente la expectación y tensión, culminando en la gran batalla final. Todos los demás elementos de esta historia se muestran accesorios, especialmente los personajes. Pero su bella estética, su buena producción y el buen hacer de Woo en cuanto a dinamismo, compensan la falta de argumento y difuminación de sus personajes. |