Lo que pretende ser un retrato generacional es una consecución de sexo y drogas, que parece algo extremo, pero que carece de una motivación clara y de un intento real de profundizar en sus personajes. El filme se contenta en mostrar un modo de vida desenfrenado como algo normal sin tener nada más que decir.
Un grupo de amigos y conocidos, la mayoría jóvenes veinteañeros, pasa las vacaciones en una localidad al lado del mar. Sus ratos de ocio continuos discurren de discoteca en discoteca, de fiesta en fiesta, de pastilla en pastilla y entre encuentros sexuales. Dentro de esta vorágine, cada uno intenta encontrar algo de felicidad.
Nadie pone en duda que haya grupos de gente que se dedican solamente a salir de fiesta, consumiendo cualquier tipo de droga que se tengan a su alcance y acostándose con cualquiera, pero que sea completamente significativo de la sociedad actual es otra cosa. “Mentiras y gordas” parece mostrar la confusión y el modo de vida de los jóvenes a través de una serie de personajes concretos. Entre ellos no sólo no hay ni un personaje que se salga de esta visión de la juventud presentada por la actual Ministra de Cultura de España, Ángeles González Sinde, sino que se da la idea de que todo el mundo se comporta de la forma mostrada. Aunque esto fuera cierto, ello implicaría un grave problema social y sería inteligente, especialmente si es una Ministra quien firma el guión, ahondar en las causas y en la motivación de este colectivo. Sería lógico pensar que detrás de esta a veces peligrosa forma de vida se esconde algo más que un simple problema de desencuentro generacional. Esta gran falta de profundidad hace que la película en sí sea una serie de escenas gratuitas y que no intentan llevar a nada más que un final dramático, previsible y carente de significado. “Mentiras y gordas” podría haber mantenido su falta de tapujos y haber abordado en mundo de la juventud, sexo y drogas con una historia que fuese hacia algún sitio e intentase decir algo, y no haber resultado en un filme sin propósito real. |