Quentin Tarantino presenta una violenta historia a la cual le ha proporcionado todo su estilo, algunos magníficos diálogos y acentuado varios de sus defectos. El director tiene muy claro qué escenas quiere rodar y cuáles no, conteniendo algunas excelentes secuencias y carece de aquellas que construyen narrativamente una película. Del internacional reparto destaca Christoph Waltz, quien roba con justicia todo el protagonismo al resto de actores.
Durante la segunda guerra mundial, el teniente del ejército de EE.UU. Aldo Raine encabeza un grupo de soldados encargados de sembrar el miedo en los soldados alemanes que están ocupando Francia. El pelotón es conocido como “Los Bastardos” y está formado por soldados judíos que utilizan tácticas y métodos brutales en el asesinato de soldados nazis. A medida que sus acciones se suceden, por su camino se cruza una joven francesa judía única superviviente de su familia y que lleva un cine en París, una actriz espía y el coronel Landa de la SS.
Con “Malditos Bastardos”, Quentin Tarantino demuestra que su imaginación no tiene límites ni fronteras. Así mismo constata que cada vez más su cine es el de alguien obsesionado con ciertas películas, ideas y secuencias en detrimento de una confección completa de una película. En este filme, el director norteamericano lo divide prácticamente en secuencias aisladas y contenidas a las que dedica una gran extensión de metraje a cada una de ellas, deteniéndose y jugando con ellas sin importarle en exceso las partes que deberían unirlas. Tarantino tiene estilo y chispa, algo que demuestra con creces en varios momentos pero también es alguien que parece dejarse dominar en algunas partes por su propio fanatismo algo infantil, pareciendo un niño grande que cuenta con un presupuesto enorme. Su idea inicial ya es de dudable buen gusto, un grupo de soldados judíos cortando cabelleras y cometiendo asesinatos más que brutales a soldados alemanes es tan extrema como entendiblemente apetecible para Tarantino, quien sigue su progresión o descenso cada vez más fanático, indulgente y obsesionado en demostrar lo que sabe de cine, claramente visible cronológicamente con las dos partes de “Kill Bill”, posteriormente con “Death Proof” y siguiendo ahora con “Malditos bastardos”. Varias secuencias destacan dentro de la película, especialmente la inicial, construyendo magníficamente una gran tensión, y otra a mitad de cinta ubicada en una cantina, recordando a los mejores momentos de “Reservoir dogs”, con diálogos característicos del director y un desenlace acorde. Es evidente la energía que Tarantino ha dado varias secuencias, pero es lo único que le ha interesado, ya que la película está construida con secuencias y no con narración. El guión se mueve a saltos y de forma simplista, pero eso no parece importarle a nadie, ni al director ni a los personajes. Para este nuevo juguete, Quentin Tarantino ha contado un amplio elenco internacional encabezado por un más que correcto Brad Pitt, que contiene a Michael Fassbender, Mélanie Laurent, Diane Kruger, Daniel Brühl y Til Schweiger entre otros, pero que quedan deslucidos en comparación a la actuación que realiza Christoph Waltz, ganador del premio al mejor actor en Cannes por este papel y completamente magnético en cada plano.
“Malditos bastardos” es un divertimento, tanto para su director como para el público, que cuenta con un humor muy personal que cada vez tiene más seguidores que aprecian su ingenio a pesar de que sus películas cada vez son más “fan films”. |