A medio camino entre la comedia romántica y la sátira, esta película se encuentra perdida entre dos aguas sin saber hacia dónde dirigirse. Divertida únicamente a momentos, sólo gracias a Simon Pegg se puede ver todo el metraje con una sonrisa.
Inspirada en una historia real, seguimos las experiencias de un reportero inglés del mundo de los famosos una vez se traslada a Estados Unidos gracias a una oferta de empleo en una popular revista. Toda la frivolidad y superficialidad presente en el ambiente en el que se mueve son a la vez características de él mismo. Éstas quedan trastocadas cuando consigue lo que cree que son sus objetivos y se da cuenta de que es lo que realmente quiere. Lamentablemente resulta en un cuento típico de búsqueda de valores y toda la acidez que presenta inicialmente queda superada al final por un romanticismo al uso.
El primer problema de esta película es de entrada el personaje principal, que es el único hilo conductor de toda la historia. Si se analiza bien, es completamente detestable y patético de principio a fin. Solamente gracias a que el actor Simon Pegg utiliza todo su carisma, gracia y chispa se consigue disimular éste hecho si no se rasca demasiado en la superficie. La mayoría del resto de los personajes son completamente planos o están completamente desaprovechados, como es el caso del que interpreta Jeff Bridges, que podría haber dado mucho más de sí, o Megan Fox, completamente monótona tal vez por idea del director o habilidad de la propia actriz. Pero el gran problema es que el filme no tiene nada claro que es lo que pretende. Por un lado parece que quiere reírse de los personajes y del mundo que retrata. Otras veces trata con cariño a estos mismos personajes y ansía que te rías de forma amable con ellos. Como solución, el último tercio descarta los dos enfoques anteriores y concluye con una agradable historia de amor como mejor solución. Un conjunto desorganizado, confuso en su planteamiento pero con algún momento gracioso. |