Clint Eastwood vuelve en su doble faceta. Como director nos presenta un guión poco original rodado de una forma excesivamente convencional y como actor nos trae dos horas de muecas con gruñidos que, a momentos, consiguen no ocultar el carisma que todavía posee.
Un veterano de la guerra de Corea, racista y malhumorado vive en un barrio de Detroit cada vez más controlado por inmigrantes y bandas. Tras la muerte de su mujer se encuentra cada vez más aislado y mantiene una nula relación con sus hijos. Poco a poco a poco, y a modo de viaje redentor, establecerá un vinculo con sus vecinos coreanos y entablará una relación de amistad y de protección con Thao, el joven adolescente que vive en la casa de al lado.
Esta película tiene dos grandes problemas. El primero es la propia actuación de Clint Eastwood, que presenta a un personaje unidimensional y sin trasfondo que se pasa todo el metraje poniendo cara de cabreado hasta que le toca poner cara de bueno. El segundo problema es el guión. Simple, mil veces visto, usa toques demasiado cristianos no acordes con la trama, no desarrolla a los personajes y presenta los conflictos de forma superficial y a modo de clichés. Aunque en algún momento se nota que Eastwood sabe dirigir y actuar, “Gran Torino” es un ejercicio mediocre que se deja ver gracias a su presencia. |