Esta película presenta varios elementos interesantes, como las dos épocas temporales, la locura o una historia de amor, desarrollados con falta de imaginación. Esta es una historia que pierde su magia a medida que se va revelando como una cinta convencional y concluye con un final anodino.
Una joven que trabaja vigilando una sala del Museo del Prado se desmaya al ver una persona mirando uno de los cuadros. Ella está convencida de que ambos son los personajes que aparecen en un cuadro de pintura flamenca del siglo XVII y llevan cuatro siglos amándose. Él, un prestigioso psiquiatra de profesión, decide tomarla como paciente por curiosidad profesional y para completar sus investigaciones sobre delirios pasionales, también conocidos como amores locos.
“Amores locos” parece prometer muchas cosas y sólo acaba entregando una historia común y con una explicación ya bastante vista. El encanto de las dos líneas temporales queda rápidamente convertido en un espejismo, la historia de amor prometida nunca hace honor al título de la película y su lado más dramático es la simplificación de un trauma. Tampoco acaba de encontrar la forma adecuada de jugar con las dualidades representadas por los personajes como la de imaginación contrapuesta a realidad o la de raciocinio contra pasión. Su prometedor punto de partida queda convertido en un filme sin chispa y con falta de vida. Esto también es debido al trabajo de los actores principales, correctos pero monótonos y algo planos. Lo más destacado de la película son los secundarios, Marisa Paredes y Carlos Hipólito, que dan algo de oxigeno pero la sensación de que están desaprovechados en personajes pequeños es inevitable. La intrigante idea que inicia la película evoluciona perdiendo su encanto y atractivo hacia una historia insulsa, a la que no ayuda unas actuaciones sin energía ni un tono excesivamente neutral. |