Esta nueva versión de “12 hombres sin piedad” tiene añadida una carga política y social, resultando el filme en una muestra de cómo hacer un remake actualizado, cerca de ser perfecto además de cinematográficamente sobresaliente.
Doce miembros de un jurado se encuentran encerrados deliberando si un joven checheno es culpable de asesinar a un militar ruso, amigo de su familia, el cual le acogió como padre adoptivo después de que los propios padres de este joven murieran en la guerra de Chechenia. Un taxista racista, un superviviente del holocausto, un pintor, un productor de televisión y un científico, entre otros representantes de la sociedad rusa, discuten durante horas un caso que inicialmente aparenta ser claro mientras sus historias personales se entrelazan con la situación.
El material base que Sidney Lumet empleó para su magnífica película es aquí reutilizado por Nikita Mikhalkov en un sólido guión al cual le ha añadido, con inteligencia y sensibilidad, elementos sociales de la actual Rusia. Al igual que en la película de Lumet, “12” es un excelente filme en cuanto a dirección de actores y construye toda su tensión dramática a base de diálogos e interpretaciones notables. Pero esta película además incluye perfectamente una sutileza, simbolismos y profundidad humana más marcada que en la conocida versión de 1957. Lo único disonante es, que a pesar del extenso metraje de la cinta, algunas historias son introducidas de forma apresurada y sin que el hilo conductor que las precipita esté suficientemente explicado. También ha perdido parte de la sensación de claustrofobia presente en su predecesora. Pero este desmedido ímpetu ocasional no tapa una dirección y unas actuaciones excelentes en un filme que, a pesar de no partir de un texto original, consigue llevarlo un paso más allá gracias a su nueva contextualización social e histórica. |